miércoles, 15 de diciembre de 2010

Dos figuras del camino

esierto-

El desierto, radiante laberinto.

¿No es posible pensar el laberinto sin paredes, sin obstáculos?

¿Nos es posible sentir que el desierto en su extensión sin marcas es tan laberíntico como el laberinto?

Sí, si podemos acercarnos a la sensación subjetiva de la desorientación.

Sí, si podemos desorientarnos.

El desierto, dicen lugar de la soledad. ¿Qué atracción extraña tiene el desierto como imagen, figura, forma, metáfora, que atraviesa todas las épocas y sigue intacto su irresistible encanto?. Un encanto muy particular por cierto. No se trata ni de lo bonito, ni de lo bello. No es una cuestión estética. El desierto comporta un haz de dimensiones en cruce incesante.

El desierto es compacto.

El desierto es consistencia. Consistencia y también disgregación.

El desierto es agua, oasis, vida.

El desierto es sequía y muerte.

El desierto es siempre igual.

El desierto es siempre distinto.

El desierto es ausencia. Ausencia de mí, ausencia de otros.

El desierto es borde. Borde de lo humano; sea lo que sea eso. Tierra de tránsito y movimiento. No se puede permanecer en él sin cambiar, no se puede estar en él, hay que recorrerlo, atravesarlo. Tierra de tránsito y sendero, el desierto es reunión y pasaje. Cita con el tiempo (la tierra prometida, la tierra por venir, la tierra, húmeda, la tierra para permanecer no es el desierto).

El desierto muta.

El desierto cambia. El desierto es movimiento del día, es sol en la tierra. Arena, Tierra disgregada.

¿Qué mojón, qué hito? Marcará el sendero.

¿Cómo saber que camino recorrer?

¿Cómo saber que camino hemos seguido?

El acertijo se resuelve en la espera. Quedarse al lado del camino nos dejaba en lo común de los caminos, en el "Todos los caminos conducen a Roma". Si hemos creído que conocer nos ilumina, y hay incluso una época en la cronología humana que ha sido llamada Iluminismo, aquí, aprenderemos que si podemos esperar la noche, la ausencia de luz, en ella nos podremos guiar.

Guiar por las luces tenues de las estrellas.

Milenarias caravanas nos muestran que el desierto se hace sendero cuando la luz del sol se apaga. En el trazado de un cielo profundo y siempre reiterado hay la promesa de una guía, siempre que recuerdes alzar tus ojos hacia allí.

- En el desierto y en el laberinto-

El desierto, lumínico en grado extremo azota corpuscularmente la piel.

Infinito espacio de vacío y esplendor, cielo de azules superpuestos, que conlleva sinuosos movimientos, es extensión de nosotros mismos.

Ante sus múltiples direcciones, las huellas, efímeras, no sirven para encontrar el oasis; la arena multiplicada, infinita, sólo refleja nuestra incertidumbre.

Ningún signo se nos ofrece. Una pregunta nos reclama, acuciante, persistente:¿a dónde ir?

Dos modos, uno de plenitud y de ausencia: el desierto.

El otro de absoluta presencia, el muro multiplicado: el laberinto.

Dos situaciones paradojales se unen.

¿Por qué paradojales?

Un hombre frente a su vida. ¿Qué se nos presenta más paradójico, salto de la lógica formal, que esa paradoja de la vida?

Formas extrañas de una variedad, la vida, que se reducen en tanto debe surgir la comprensión, la necesaria comprensión.

Dos momentos culminantes, laberinto, desierto, atraviesan el retorcimiento de un gemido; son lugares de camino, de vía, línea, dirección. Camino que multiplica sus dificultades en presencia de límites o en ausencia de éstos.

Un laberinto recorta su interminable sucesión de espacios, es allí donde el veloz vértice de un recodo sorprende la agonía del aliento contenido, ¿será la salida?, pero, por lo menos, ¿habrá salida?.

Lugar de culto, de reverencia, de sumisión, el laberinto es la construcción planificada de un problema, cuya solución se echa al olvido. ¿Por qué este olvido?.

¿No será el laberinto un modelo ínfimo, de su arquetipo: el universo?. La arquitectura del hombre y la arquitectura divina, ladrillo sobre ladrillo.

Enigma de un recorrido, será necesario el hilo para no perderse, el hilo de la divina Ariadna, pero la salida es no necesitar más el hilo, acto que se asemeja al cortar del hilo de una Parca, Atropos, que atenta al tejido de la vida no otorga más que una salida, y todos sabemos ya cual es. Dejar el hilo no es cortarlo.

El inicio, entrada, y el final, salida, nos son dados, a pesar de que pueda creerse en la intención del no ser, siempre somos ajenos a él, determinados por él, pero el recorrido, laberinto, debemos hacerlo. Nos contentamos con eso, aunque las paredes ya están allí, guiándonos y obligando a cierto rodeo, que como interrogación sin respuesta, bordea la pregunta del enigma cuya respuesta olvidamos. Y caminamos.

-Vida y desierto-

A veces nos hablan, no como lo que comúnmente se refiere en "me dijeron que", no, de lo que se trata es cuando podemos escuchar que al hablarnos allí se dijo algo más. Y es ese 'algo más' que puede quedar en espera, como uno enfrente del camino, hasta que ese 'algo más' reacciona y vuelve a presentarse ante nosotros. Recuerdo, entonces que alguna vez me dijeron: "quiero resolver toda mi vida". Pensemos un instante, qué acto puede por medio de su acción resolver todo, y aún más, puede resolver toda una vida. Sabemos que ninguno.

¿No es este un interrogar que hace presente la vida en el desierto? Una vida considerada desde el desierto. ¿Por qué? Esta pregunta hace de la vida un vivir sin otros, y no es esto lo más importante, sino que se aloja en un desierto inmóvil, que lleva la duración del instante, en aquél en que se pronuncia la pregunta, hacia la extensión, hasta los extremos, hasta los confines de un espacio que hace de la vida territorio que no se ha recorrido pero al que ya se ha llegado en su concluir. Igualmente no es una mala intención, la que aquí se presenta. Preguntémonos nosotros qué es lo que la hace surgir, a la pregunta, y que causa admite su provenir. ¿Es el individuo que la emite? Por cierto que no. Hace ya muchos tiempos que estamos acostumbrados a sentir que hay en esos decires otras oportunidades. Excúsenme por lo intrincado, laberíntico, de la formulación, pero es algo complejo. Hay en esos decires la oportunidad para nosotros de percibir que si alguien quiere resolver toda su vida futura en un instante, es porque algún instante provocó los más agudos dolores. Algún instante de vida vivida convocó a las más altas angustias. Y dirán ustedes, ¿es que hay instantes de vida no vivida? Debo contestar que sí. La vida no es conciente de estar viva en todo momento. Decir 'nuestra vida' es un oxímoron, casi como blanca oscuridad. Y no olvidemos que la claridad extrema nos ciega. Los opuestos están más cerca de lo que creemos, y percibimos, porque no estamos muy capacitados para experimentarlos. Habitamos el medio y no queremos nada de los extremos, aún cuando ellos se impongan, huiremos.

¿Cuál sería uno de los modos de enunciar el laberinto? Simplemente el hecho de decir y sentir que : "no puedo resolver nada de mi vida".

La piedra del laberinto se acerca hasta mi nariz, el muro me impide ver y tener la perspectiva suficiente del recorrido a realizar. No puedo ingresar y no puedo caminar.

Dos figuras, dos modos, no una oposición. El desierto y el laberinto, el laberinto y el desierto, de lo que los humanos vivimos. Simplemente: paisajes del interior.

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